- Han trascurrido 19 años desde que el reconocido amante del coleo y de la llanura, Heberto Hernández (67), murió en medio de una golpiza propinada por cuatro hampones encapuchados, dentro de su finca «El Porfin», en la carretera a San Silvestre. Los hampones lo despojaron de dinero en efectivo, objetos de valor, prendas y huyeron en su camioneta. Su muerte marcó el fin dee una leyenda del llano venezolano-
Por César Villamizar Trejo.
Lejos estaba de imaginarse don Heberto Hernández que, tras descender de su camioneta Toyota Burbuja, color azul marino, sería recibido por cinco sujetos encapuchados. ávidos de dinero y todo lo que tuviera valor. Acababa de llegar a su finca «Por fin», ubicada en la vía a San Silvestre, luego de cumplir una fuerte jornada como productor agropecuario. Se disponía a realizar la rutina de cada atardecer y anochecer: echarse un baño, comer algo ligero y dormir para restaurar fuerzas para el siguiente, pero aquellos planes serían liquidados por aquel quinteto de hampones.
«El Ventarrón torureño», como era muy reconocido en todo el llano venezolano debido a una vida dedicada al coleo y a tantos eventos de ese deporte recio, cargaba entre sus bolsillos 500 mil bolívares producto de la venta de un ganado. En ese momento sólo quería conversar con el encargado del fundo para después echarse a dormir.
En segundos, Hernández se encontraría con una escena de terror y espanto: sujetos encapuchados se habían apoderado
En el interior de la finca «El Porfin», cinco hombres y una mujer con capuchas, estaban atentos del ingreso de Hernández y listos para el ataque. El encargado del fundo tenia rato amordazado y con las manos atadas, en una de las habitaciones. Tenían dos horas y media esperando al productor de 67 años, desde que arribaron a bordo de un taxi, a las 6 y 30 de la tarde de aquel 31 de agosto de 2007.
El coleo: su estilo de vida
Heberto Fernández venía de una familia humilde establecida, desde siempre, en el tranquilo pueblo de Torunos, donde aprendió las costumbres de un buen llanero, entre ellas la que se convertiría en su pasión: el coleo.
Desde joven incursionó en el mundo del coleo, de manera simultánea con la producción ganadera, al lado de su familia, pero fue en el deporte recio el que lo atrapó y lo colocó en un sitial privilegiado gracias a su habilidad innata a la hora de subir a un caballo.
Entre aplausos, premios y reconocimientos transcurrió la vida de don Heberto en ese mundo tan emblemático en nuestro llano. Su nombre fue una referencia obligada al hablar de coleo en el llano venezolano.
Y entre alegrías, dedicación y esfuerzo, no sólo ganó numerosos campeonatos de coleo, sino que entre el cariño y la admiración de tanta gente, surgió un apodo que lo catapultó para siempre: » El ventarrón torureño», en el que se reflejaban sus capacidades , destrezas y un espíritu arrollador al momento de competir en las mangas de coleo.» El ventarrón» , hasta el momento de su partida, fue parte importante del coleo de Barinas y de todo el país.
A los 67 años, don Heberto, dueño de una fama ganada a punta de esfuerzos, vivía solo en su finca » El Por fin», donde disfrutaba de su tiempo y administraba, con mucha cautela, su soledad. Tenía un hombre de confianza encargado de esa propiedad, donde tenía ganado.
Padre de varios hijos y miembro de una honorable familia de Torunos y San Silvestre, el «Ventarrón torureño» nunca se imaginó que su muerte sería tan violenta y mucho menos en su domicilio.
Su nombre quedó marcado en medio del llano venezolano y se plasmó por siempre con una hermosa canción interpretada por Cheo Hernández Prisco, titulada «El Ventarrón Torureño»… «La garza revoloteando sobre la faz del estero, acompañan en su vuelo un jinete y su caballo, trae en una mano un chaparro y en la otra riendas de cuero..», .
Conmoción en el coleo
Alrededor de las 6 y 30 de la tarde del 31 de agosto de 2007, tres hombres y una mujer, presuntamente encapuchados, descendieron de un taxi, cuyo conductor sería cómplice de lo que estaba por suceder. Sin perder un segundo, entraron a la finca «Por Fin», donde enseguida sometieron al encargado del lugar. Lo amordazaron, lo maniataron y lo dejaron a solas en una habitación, donde lo amenazaron de muerte si pretendía salir de allí o gritar.
La espera era impredecible, pero segura era la llegada. Don Heberto nunca arribaba tan tarde a su propiedad. La duda estaba en la mente de los delincuentes, pero nunca a maldad. La idea era actuar de la manera más rápida posible y huir de inmediato, por lo que, para no perder tiempo, se apoderaron de dos computadoras, dos televisores, y varios objetos de valor. Los colocaron en una esquina de la casa.
Buscaron con afán un dinero que el ex coleador de 67 años presuntamente guardana en su casa y por el que se presume fueron hasta allá con capuchas. Apenas encontraron una cantidad muy pequeña. Siguieron buscando y desordenando el lugar, hasta que se agotaron. Era el momento de esperar al viejo y dar, a como diera lugar, con esa alta cantidad de dinero El reloj marcaba las 9 de la noche. Escucharon el motor de la camioneta Toyota Burbuja y cada uno se colocó en sitios estratégicos en la entrada de la casa.
Apenas cruzó la puerta de entrada de su casa, don Herberto se llevó una sorpresa muy desagradable: unos tres sujetos, luciendo capuchas hasta el cuello, lo sometieron presuntamente con armas blancas. Le preguntaron por el dinero, pero se supone que la víctima les respondió que no lo tenía. Lo requisaron y lo despojaron de unos 500 mil boívares que guardaba en uno de sus bolsillos. Lo golpearon varias veces por diferentes partes y le quitaron las llaves de la camioneta. La golpiza siguió sin compasión alguna. La muerte ya estaba rondando al coleador llanero: no soportó los golpes y sufrió un paro cardíaco que lo hizo desplomar y quedar tendido en una de las habitaciones.
Los ahora asesinos se llevaron lo que robaron y huyeron en la camioneta de don Hemberto en la vía a San Silvestre. Se perdieron de vista.
Robo de gente conocida
Las primeras hipótesis de los detectives de homicidios de la Policía Científica, Delegación Barinas, determinaron que el móvil fue el robo planificado y ejecutado por gente que don Herberto conocía y sabía de sus movimientos. Su muerte no estaba en el libreto. La necropsia de ley estableció que fue a causa de un infarto al miocardio fulminante debido a la desagradable emoción que vivió en los últimos minutos de su vida.
El entonces jefe de ese organismo en la región Barinas, comisario Evelio Galindo Arias, sostuvo que solamente alguien bien cercano a Hernández pudo ser la mente del robo con homicidio. También le resultó extraño que entre los bandoleros se encontraba una mujer, de quien sospechó pudo haber sido esa mente.
El primero de septiembre de 2007 el llano y , en especial, el coleo, se vistió de luto y una conmoción recorrió todo el llano venezolano. La trágica muerte de don Heberto Hernández generó un fuerte y prolongado dolor para quienes lo conocieron y lo trataron. Gente de diferentes partes del país, al que el fallecido recorrió gran parte, vinieron a despedirlo. El gremio coleador en pleno y coleadores de todas partes no faltaron. Esos días, el coleo lloró el absurdo asesinato de «El Ventarrón torureño».