EL INOCENTE DE LA CAMIONETA ROJA

*Yonelkys Alí Peña Vásquez, estudiante de ingeniería mecánica de 20 años, esperaba a su tío a bordo de la camioneta roja de éste, cuando un productor agropecuario de 69 años, obstinado de ser víctima de robos y secuestro, le disparó cuatro veces en el pecho y cara, creyendo que se trataba de un delincuente que lo esperaba a bordo de su camioneta Chevrolet, Pick Up, Cheyenne,  roja, pero la triste realidad fue que ni era un antisocial ni era su camioneta, pues la suya, extremadamente parecida a la del tío de Peña Vásquez, se encontraba a poca distancia. 

* Un error que trajo consigo un inmenso dolor para una honorable familia, que recorrió a toda Barinas y un motivo que casi causa el suicidio del ganadero, Tulio Antonio Bastidas Vergara, quien fue procesado judicialmente por el delito de  homicidio calificado y ocultamiento de armade fuego. El tan lamentable suceso, ocurrido la tarde del 7 de enero del año 2011 en el estacionamiento del Banco Provincial de la avenida 23 de enero de Barinas, generó una serie de hechos en los tribunales, entre ellos casa por cárcel para Bastidas, quien en diciembre del 2012 se fugó de su domicilio, en Santo Domingo, estado Mérida. 11 años de espera por justicia, tal implorada por los padres del chico, el inocente de la camioneta roja.

Por: César Villamizar Trejo.-

El joven inocente

Yonelkys Alí Peña Vásquez, estudiante de ingeniería mecánica del IUTEBA, de 20 años, solía acompañar a su querido tío Oswaldo en diligencias que realizaba casi a diario. El año 2011 comenzaba y por ello estaba de vacaciones. La mañana del 7 de enero de este año, su pariente le pide que lo acompañe para efectuar sus vueltas comerciales, a lo que el único hijo varón de su hermana mayor le responde con un sí de inmediato.

El chico era hijo de Consuelo del Valle Vásquez y de Ramón Peña, quienes conformaban una honorable  familia barinesa. Estudiaba la carrera de sus sueños y en ello era apoyado por sus padres y parientes en general.

Ambos se dirigen a varios lugares y , pasado el mediodía, Oswaldo Vásquez recuerda que debe ir con premura a las oficinas del Banco Provincial, ubicadas en la avenida 23 de enero, a realizar un importante trámite financiero. Su sobrino, como siempre, le pide quedarse dentro del  automotor escuchando música, mientras su tío está dentro del banco.Además, ayudaba a cuidar la camioneta del hermano de su mamá.                                        

Oswaldo, un inquieto comerciante, se despide con un “ya vengo” de Yonelkys, sin imaginar que sería la última vez en verlo con vida. Entra a la sucursal bancaria, de donde, en poco tiempo, saldrá no para seguir con su sobrino, sino para llorar de manera inconsolable la muerte del estudiante universitario en un hecho totalmente absurdo y extraño que jamás alguien se imaginaría.  Todo ocurrió en el interior de su camioneta, camioneta Chevrolet, Pick Up, Cheyenne,  roja, año 2006.


El victimario

Tulio Antonio Bastidas Vergara, productor agropecuario de 69 años, había salido temprano ese fatídico día de su finca, ubicada en Barrancas, municipio Cruz Paredes, donde era muy conocido, con el fin de efectuar varias diligencias referidas a su labor, pero la que tenía prioridad era trasladarse cuanto antes a la sucursal del Banco Provincial de la avenida 23 de enero, donde se presume cargaba una fuerte cantidad de dinero para depositarlo en una de sus cuentas bancarias. Como casi siempre, andaba solo y muy pendiente de su seguridad ante tanto delincuente. Eran varios sus negocios en el sector ganadero y por ello estaba alerta ante cualquier movimiento que realizaba.

Bastidas, según se dijo, había sido víctima de robos personales y en su finca, además de extorsión y, más recientemente, de un secuestro express, por lo que fue necesario cargar consigo a toda hora un revólver, calibre 38, pues estaba dispuesto a todo antes de ser una ve más blanco de la delincuencia.

“El señor Bastidas estaba obstinado de ser víctima de tantos hampones. Eso lo mantenía últimamente muy sensible y estaba dispuesto a enfrentar con su revólver a cualquier otra acción delictiva”, comentó un jefe policial.

Antes del mediodía, el productor estacionó su vehículo en el estacionamiento de la referida entidad bancaria. Sacó su revólver de la guantera, lo empuñó, lo introdujo en su chaqueta, miró por todos lados. Descendió del automotor con rapidez con un pequeño bolso cargado de dinero. Caminó con premura y entró al banco. Andaba en su camioneta Ford, camioneta Chevrolet, Pick Up, Cheyenne,  roja, año 2006.

Dos camionetas, dos protagonistas

Según testigos, Bastidas Vergara fue el primero en arribar a la entidad financiera, donde tardó un tiempo realizando el depósito, conversó con la gerencia y saludó a varios empleados. Era un asiduo visitante de esa sucursal. Lo vieron salir tranquilo, pero en segundos su vida cambiará para siempre.

Oswaldo y su sobrino estacionaron la camioneta a muy poca distancia a la de Bastidas, con toda tranquilidad y normalidad. Muy lejos pensarían  que aquella similitud causaría un hecho de sangre sin precedentes para la historia policial de la región barinesa. El tío de Yonelkys también era un cliente que acudía con frecuencia a esa entidad bancaria. Tardó varios minutos en su interior, donde también efectuó un depósito y dialogó con varios funcionarios.

La tarde lucía tranquila. Todo transcurría con normalidad dentro del banco, pero en cuestión de segundos el frente de esas oficinas sería escenario de un suceso muy devastador para los presentes. Un hecho en el que todos los involucrados perdieron algo muy valioso.

Yonelkys esperaba tranquilo a su tío en el asiento de copiloto de la camioneta  roja, como era su costumbre. Escuchaba la música de su agrado. A poca distancia estaba estacionada otra  camioneta Chevrolet, Pick Up, Cheyenne,  también roja, muy parecida a la de Oswaldo. Era la de Bastidas. Aquella similitud causaría su prematura muerte en medio de su inocencia.

El ganadero de casi 70 años sale del banco apresurado, como siempre. Se acerca a la que acaba de suponer que es su camioneta. Sus ojos se engrandecen cuando observa que un joven está en asiento de copiloto. Sin vacilar y antes que el presunto antisocial realice un movimiento, saca su revólver. Está decidido a todo antes que aquel desconocido se active.

Yonelkys está tranquilo. Está pendiente de la música y de su tío que no supone no tardará en llegar.  Nunca lo volvería a ver.

Cuatro disparos, un inocente

Bastidas Vergara se detiene unos segundos, luego se acerca con rapidez. Yonelkys  se mantiene como si nada ocurre a su alrededor. El ganadero, revòlver en mano, lo tiene cerca. Yonelkys alza la mirada. Es tarde. 

Cuatro disparos se escucharon como un cañón. Clientes, transeúntes y empleados bancarios se espantaron. La mayoría sabía que algo raro había acontecido cerca. En segundos, las miradas y los gritos se volcaron frente al banco, en el estacionamiento.

Tulio Bastidas Vergara, el obstinado productor cansado de ser blanco de hampones, acababa de accionar su revólver, calibre 38, en contra de Yonelkys Alí  Peña Vásquez. Le disparó dos veces en el pecho, una en el rostro y otra en la cabeza. El deceso del chico fue instantáneo.

 En minutos, todos los presentes alrededor del sexagenario se preguntaban por qué había disparado con tanta saña. 

Bastidas se acerca a la que presumía era su camioneta con el joven en el asiento de copiloto, para llevarse la más desagradable, repudiable y horrorosa sorpresa de su vida:  no era su camioneta y, en poco tiempo, se daría cuenta que aquel inocente joven no era ningún delincuente.

El hombre de 69 años está atónito y paralizado. Se niega a creer lo que, en medio de su obstinación, acababa de cometer. De repente, aún sin querer, echa un vistazo a un lado: allí está estacionada su camioneta Cheyenne , color rojo, extremadamente parecida a la que disparó sin piedad, en un acto estúpido que le traería episodios de locura, insomnio y deseos de acabar con su vida.

Comenzaba así la historia de un caso policial que dejó luto y dolor para dos familias, la de la víctima de apenas 20 años, con un futuro inmenso y la del ganadero de casi 70 años cuya vida dio un giro definitivo para estancarse entre tribunales, presiones y un amargo recuerdo que lo acompañará para los años que le restan.


Justicia coja

La Fiscalía tercera del Ministerio Público de Barinas, a cargo de la doctora María Carolina Merchán, acusó a Tulio Bastidas Vergara por los delitos de homicidio calificado y ocultamiento de arma de fuego, pues, tras el hecho, el productor escondió su arma de fuego,  pero en poco tiempo la tenebrosa verdad lo atrapó por completo y tuvo que admitir los hechos.

Fue apresado en el Internado Judicial de Barinas, donde permaneció pocos meses, ya que sus abogados lograron la medida de arresto domiciliario por su muy delicado estado de salud física y mental. Los defensores alegaron que Batidas Vergara podía fallecer en el penal si no recibía la atención médica adecuada a su deteriorado estado de salud física y emocional. Estos argumentos tuvieron acogida y se le otorgó la referida medida cautelar.

El 8 de junio de 2011, la abogada Mary Ramos Dums concede la medida cautelar de detención hospitalaria ante el delicado estado de salud del productor . El 28 de ese mes, la doctora Merchán, fiscal que lleva el caso, apela esta decisión sin èxito.

En diciembre del 2012, Bastidas no es hallado en el domicilio donde goza este beneficio, en Santo Domingo, estado Mérida, y es acusado por el delito de fuga. El 22 de enero, la fiscalía lo acusa ante el tribunal V de instancia en funciones de control del CJP. El primero de febrero ese tribunal niega la medida cautelar a Bastidas por improcedente, pero el 19 se ordena nueva audiencia y los defensores de Bastidas logran la restitución de detención domiciliaria. Nueve días, luego, la valiente fiscal Merchàn apela la decisión, nuevamente sin éxito.

Nadie ganó

Once años han transcurrido desde aquel hecho de sangre tan extraño y devastador. Todos los protagonistas perdieron. Los padres de Yonelkys se quedaron sin su hijo varón en plena juventud y huérfanos de justicia. Bastidas Vergara perdió la paz y la tranquilidad que merece un hombre de 70 años (hoy con 80), con una conciencia bien oscura y las manos manchadas de sangre inocente por el resto de su vida.

A Consuelo y a Ramón se les acabó la voz de tanta justicia que han implorado, sin recibir una respuesta satisfactoria por la muerte de su muchacho. Sólo una fiscal firme y con carácter los animó durante años, pero la injusticia sigue su paso. A Bastidas, lo persiguen los deseos de acabar con su vida y sus ganas de vivir se esfumaron. Sólo el ánimo de sus parientes lo mantiene de pie, pero sin energía para siempre.

Todos recuerdan aquel fatídico día porque la comunidad barinesa también lo vivió en carne propia. Un caso que en horas le dio la vuelta al país por su particularidad. A todos les quedarà en su memoria el inocente de la camioneta roja.-

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