El policía que acabó con el “Sindicrimen: ”Cueva de serpientes

  • Un comisario con experiencia en tareas de inteligencia y contrainteligencia fue escogido especialmente para ejecutar esa misión. La orden tenía que ejecutarse sin errores y con bastante firmeza. A este policía le sobraban la preparación  y las ganas. La información de primera mano que manejaba el gobierno era que los líderes del sindicato de la construcción de Barinas acababan de meterse con quien no debían, además de un sin fin de actividades delictivas que rebasaba la paciencia de altos representantes del Ejecutivo Nacional.
  • Hacía tiempo que el otrora sindicato de la construcción del estado Barinas, el que luchaba por los intereses de sus trabajadores e intervenía en obras civiles en concordancia con entes oficiales y contratistas, había quedado atrás con sus entonces modestos líderes,  para dar paso a una organización hamponil cuyas prácticas violentas y cruentas se regían por una sola ley: la del crimen.
  • La cueva de serpiente es pasado. Las malas noticias de asesinatos, extorsiones y desapariciones forzadas son fantasmas de un triste recuerdo.

Por: César Villamizar Trejo

La orden

La orden, expresa y muy precisa salió de un alto despacho del gobierno central: desmantelar y liquidar al «SINDICRIMEN» lo antes posible.  A partir de allí, se inició una labor concatenada desde el más alto nivel oficial hasta quienes de manera directa cumplirían aquella encomienda. Una sorpresa se acercaba con lentitud.

Un comisario con experiencia en tareas de inteligencia y contrainteligencia fue escogido especialmente para ejecutar esa misión. La orden tenía que ejecutarse sin errores y con bastante firmeza. A este policía le sobraban la preparación  y las ganas.

La información de primera mano que manejaba el gobierno era que los líderes del sindicato de la construcción de Barinas acababan de meterse con quien no debían, además de un sin fin de actividades delictivas que rebasaba la paciencia de altos representantes del Ejecutivo Nacional.

Hacía tiempo que el otrora sindicato de la construcción del estado Barinas, el que luchaba por los intereses de sus trabajadores e intervenía en obras civiles en concordancia con entes oficiales y contratistas, había quedado atrás con sus entonces modestos líderes,  para dar paso a una organización hamponil cuyas prácticas violentas y cruentas se regían por una sola ley: la del crimen.

Imponer ese principio fue precisamente lo que llevó a los altos directivos del denominado ”Sindicrimen” a sucumbir ante la justicia cuando se creían intocables, pero la orden no tenía vuelta atrás.

Pero, lo más escandaloso, era la serie de delitos que esa organización había cometido desde tiempo atrás: En el año 2009 Barinas registró 78 secuestros, la más alta en su historia. El rumor era en voz alta:  el Sindicato de la Construcción de Barinas, según trabajos de inteligencia,  era el autor intelectual y material de extorsiones y desapariciones forzosas.

Fue a mediados del año 2011 cuando el experto policía arriba a Barinas a cumplir la tarea encomendada. Era una orden superior y exclusiva para este funcionario, por lo que ningún otro jefe policial o militar de la entidad llanera tenía parte en esa labor.

El “pecado” de los mafiosos del “sindicrimen” fue el motivo. La orden estaba por ejecutarse. El policía, al mejor estilo de Eliot Ness en los años 50 contra el mafioso Al Capone, tenía luz verde para actuar, con apoyo del poder central.

El “Pecado”

El comienzo del fin del auge de quienes en aquella época integraban la cúpula del Sindicato de la construcción del Estado Barinas se escribe a partir de un error cometido por un grupo de los llamados delegados en contra de un contratista que venía de Caracas y que era pariente directo de uno de los  altos jerarcas del gobierno nacional y del PSUV.  Ese fue su boleto al ocaso.

Era costumbre la práctica de esos delegados arribar al lugar donde se iba a construir una obra para contactar al contratista o el encargado de la misma para exigir tres cosas en nombre del Sindicato: una «vacuna» cada viernes o cada quince días, colocar un delegado permanente  de esa organización en la obra y obligarlos a contratar un porcentaje de obreros que era la cuota del Sindicato. Era la manera como esos directivos y sus secuaces imponían su control en todo tipo de obras civiles, incluso pequeñas, pues, en caso de negarse, tenían que atenerse a las consecuencias.

Lo que ignoraban los  delegados y directivos del Sindicato era que aquel contratista de obras al que exigían aquellas peticiones estaba bien conectado con el presidente Hugo Chávez y la cúpula del partido de gobierno.

El contratista simuló estar de acuerdo con lo exigido por aquellos visitantes,  pero, apenas  los “delegados” dieron la espalda,  no tardó para dar detalles a los jefes del gobierno sobre lo ocurrido.

Meterse con quien no se debe, aunque no sea alguien conocido, resulta fatal para quienes lo hacen.

Las informaciones que rápidamente llegaron a los oídos de los altos jerarcas del gobierno central indicaban que la mafia sindicalera, mediante  llamadas telefónicas, “negociaban” con obreros, establecían salarios,  extorsionan a los trabajadores por medio de “cuotas” cada vez que cobraban y  amenazaban a empresarios si no cumplían sus exigencias, todo con el fin de lucrarse con altas sumas de dinero y saciar sus ansias de poder, para lo cual contaban con apoyo de políticos oficiales, altos funcionarios del gobierno regional, jefes de cuerpos der seguridad y otras personas de poder.

Pero el “pecado mayor”, según lo estimaron los hombres de poder en ese entonces, fue intentar imponer sus métodos mafiosos a lo Jalisco a un contratista de la capital que llevaría a cabo la ejecución de una obra de envergadura. Ese fue el irreversible camino a su fin.

El policía

El perfil que tenía el policía asignado para acabar con la mafia sindicalera era el indicado. Otto Salinas recibió la orden del entonces director nacional del Servicio de inteligencia bolivariana (SEBIN), general Miguel Rodríguez Torres, para que llevara a cabo tal objetivo. Y los resultados fueron de primera.

El mismo día de intento de extorsión por parte de los representantes del “Sindicrimen”, un muy alto jefe del gobierno nacional, enfadado por lo contado por su pariente contratista, llamó directamente al entonces gobernador Adán Chávez y a gente de su entorno para informarles sobre lo que estimaron era una descarada y extorsión. Enseguida se encendieron las alarmas en el ejecutivo regional.

Ese mismo jerarca contactó al entonces director nacional del Servicio Bolivariano de inteligencia Nacional (Sebin), coronel Miguel Ángel Rodríguez, quien, cumpliendo órdenes estrictas, designa a Salinas,  experto en materia de inteligencia y contrainteligencia, con experiencia en desarticular peligrosas organizaciones criminales y lo designa como  jefe del Sebin en Barinas.

Salinas se rodeó de un equipo de jóvenes funcionarios preparados en este tipo de operaciones. La labor fue prácticamente en secreto, de la que solamente tenían conocimiento ellos.

Uno por uno

Bastaron varios meses para que el comisario Otto Salinas y su equipo, mediante una labor precisa,  meticulosa y de sumo cuidado, echara el guante a uno por uno de la mayoría de la cúpula del “Sindicrimen”, a quienes les aplicó el plan “cero tolerancia”, que consiste en dar captura a todo el que haya cometido un delito por pequeño que fuera.

Salinas manejaba informaciones sobre las andanzas de esa organización.  Tenía entre ceja y ceja los nombres  de Numa Altuve, Jaime Landaeta, alias “Bubalú” y Adrián Báez, sindicados cuando se trataba de  secuestros, extorsión y asesinato. Las víctimas eran de todo tipo, desde delegados de barrios hasta  directivos, entre otros. Eran decenas las personas que se dirigían a cuerpos policiales a denunciar la desaparición de seres queridos mientras laboraban en obras como delegados u obreros. Algo no estaba bien

Paralelamente,  el Comité Paz y Vida por los Derechos Humanos, liderado  por Oscar Pineda,  alzó su voz ante tantos delitos sin resolver y fue firme al acusar al ya denominado “Sindicrimen” de ser autor de esos hechos, lo que generó, de manera curiosa, que los secuestros disminuyeran. En  el 2010, la cifra de secuestrados fue de veinte.

Sabía de los numerosos casos de testigos amenazados por esa cúpula y sus lugartenientes. Tenía pruebas de que el  “sindicrimen” había financiado  campañas de  candidatos a cargos de elección popular y que cotizaba “vacunas” a funcionarios claves en materia de seguridad. Fue cuando comprendió   tanto silencio e inoperancia .  Era hora de actuar a solas con su fiel equipo.

El primero en sucumbir fue Adrián Báez, directivo del referido sindicato, quien fue detenido en persecución  a finales del 2011, en la urbanización aún sin inaugurar “Mariscal Antonio José de Sucre”, en la parte baja de la ciudad, por el delito de porte ilícito de arma, pues tenía en su poder una pistola automática, de la que luego se comprobó que fue utilizada en el homicidio de un delegado del sindicato de esa obra.

Los otros nombres que se sumaron  fueron Reydilson Urbina,  capturado con seis kilos de cocaína, pero, en una jugada de sus compinches,  una juez le dio casa por cárcel y lo dejó en libertad. No obstante, un tribunal lo mandó tras las rejas por incumplir la medida.

Numa Altuve y el jefe máximo del sindicato, Jaime Landaeta, se convirtieron en prófugos de la justicia en el año 2013, al igual que otros directivos,  pero, además, se enfrentaron al gobierno regional  al señalarlos, de manera pública,  cómo los utilizaron como grupos de choque y jamás hubo reconciliación entre ambos sectores.

La joya de la corona se produjo  la tarde del 11 de diciembre del 2012  cuando fue detenido por comisiones del SEBIN Barinas el ya  ex sindicalista Jaime Landaeta, alias  » Bubaloo» , al momento en que trataba sobornar a un funcionario para que gestionara una orden para que se librara los cargos que se le adjudicaba. Su detención fue un escándalo regional y nacional.

El comisario Otto Salinas rindió excelentes resultados a sus superiores con respecto a la orden que se le asignó, al mejor estilo de la recordada serie  televisiva “Los intocables”  al desmantelar  a quienes se consideraban como tales. Había acabado con la “Cueva de serpientes”.

Antes y después

Si se llamaba o no Otto Salinas, sólo él lo sabrá. Se dijo con insistencia que fue un nombre ficticio para llevar a  cabo la orden. El “policía” relataría que lo primero que hizo al llegar a Barinas fue hospedarse en un hotel barato en las adyacencias del terminal de pasajeros con el fin de conversar con la gente y medir la opinión del sindicato de la construcción. El resultado fue fatal para los del “sindicrimen”.

Otro relato de Salinas confiado a este periodista, entre tantos, fue que abogados y gente vinculada al sindicato le ofrecieron altísimas sumas de dinero, con maletines repletos de billetes, para que dejara a un lado las investigaciones y aprehensiones contra sus directivos, pero a todos loa sacó de su oficina a gritos.

Al general Miguel Rodríguez Torres, entonces director nacional del Sebin, la vida le deparó un infortunio: hace años se encuentra preso a causa de asuntos políticos.

Reidilson Urbina y Julio González, directivos del Sindicato, resultaron asesinados a tiros en diferentes sucesos ocurridos en Barinitas, mientras Numa Altuve fue víctima de un encargo mortal a balazos en Medellín, Colombia, a mediados del año 2019. No se tiene información precisa sobre los otros ex directivos del mal recordado sindicato de la construcción.

La labor del señor Oscar Pineda, al frente del Comité Paz y Vida por los Derechos Humanos, sin duda fue vital para descubrir los desmanes perpetrados por el “Sindicrimen”.

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