Fraguó el asesinato de su suegra y lo perdió todo por codicia

César Villamizar Trejo.-

* A Jorge Luis Poleo Colmenares, para entonces 24 años, lo carcomía unos deseos incontrolables por quedarse con los bienes de la farmacéutica María Adelaida Azuaje Leal (64).  Ese sentimiento empeoró cuando su plan A le pareció muy lejano y complicado, por lo que acudió  a su plan B: encargar la muerte de su suegra. Un amigo suyo de  confianza y dos compinches de éste serían sus cómplices, en un plan  se fraguó durante un mes.

* El cobarde crimen contra  la reconocida profesional y dueña de la farmacia La Floresta, ocurrido la mañana del 8 de julio de  2013,  causó bastante conmoción en la comunidad  barinesa. En minutos sus vecinos, que también eran sus inquilinos, presumieron que se trataba del robo frustrado de su vehículo, en horas detectives de homicidios del Cicpc-Barinas descartaron de plano ese móvil y en ocho días Poleo y sus compinches estaban al descubierto.

* A casi nueve años de este repudiable  hecho, el autor intelectual anda huyendo tras fugarse de los calabozos de la Policía Municipal a mediados del 2018. Sus colaboradores pagan lo que cometieron. A Junior Javier  Girón Arroyo (18 años para entonces), el gatillero contratado, sólo le pagaron la pírrica suma de 17 mil bolívares por acabar con la vida de María Adelaida.

Por César Villamizar Trejo

La codicia es la principal protagonista de un sonado crimen que estremeció a la comunidad barinesa, el de la reconocida farmacéutica María Adelaida Azuaje Leal. Este incontrolable y funesto sentimiento sería el detonante que generaría el asesinato por encargo de esta dama, cuyo caso se convertiría en uno de los más sonados en la historia policial de la región barinesa . El perfil de la víctima y el autor intelectual de su muerte serían los elementos más llamativos de este tristemente recordado hecho ocurrido el 8 de julio del 2013.

El cobarde crimen contra  la reconocida profesional y dueña de la farmacia La Floresta  causó bastante conmoción en la comunidad  barinesa. En minutos sus vecinos, que también eran sus inquilinos, presumieron que se trataba del robo frustrado de su vehículo, en horas detectives de homicidios del Cicpc-Barinas descartaron de plano ese móvil y en ocho días el Poleo y sus compinches estaban al descubierto.

A casi nueve años de este hecho de sangre, las hondas heridas que dejó tras su paso aún duelen en el corazón de los familiares, colegas, amigos y vecinos de la doctora Azuaje, blanco de un plan fraguado por el marido de su hija única y que contó con la colaboración de un amigo suyo de confianza, otro intermediario del bajo mundo y un torpe y muy joven gatillero que, si bien cumplió con lo encomendado, fue la “llave” que abriría las puertas a los detectives anti homicidios para esclarecer el caso.

Una profesional muy apreciada. Su yerno, un codicioso que no esperó

María Adelaida, además de ser una destacada y muy reconocida farmacéutica, supo cultivar numerosas amistades en todos los ámbitos. Su amplia generosidad, que se manifestaba con sus aportes y cortesías en medicinas al necesitado, le hizo ganar el cariño de mucha gente. También era una acertada gerente de sus bienes y propiedades y esa faceta era admirada por propios y extraños.

A sus 64 años, Azuaje Leal supo invertir sus ganancias paso a paso. Además de su prestigiosa farmacia, poseía varios bienes, entre ellos el edificio habitacional donde residía junto a su única hija y su yerno: residencias doña Olga, ubicada en la calle Kloster, de la urbanización Alto Barinas Sur, donde ella residía en uno de sus apartamentos. Sus vecinos también eran sus inquilinos.

María Adelaida era integrante de una honorable y respetada familia de la región. Llevaba una vida tranquila y cómoda al lado de su hija y el marido de ésta. Su rutina diaria comenzaba a las 7 am cuando se preparaba para dirigirse a su farmacia a bordo de su automóvil. Allá arribaba antes de las 8 y 30 y esperaba a sus parientes cercanos para que los tres cumplieran la jornada de cada día. Su hija y su yerno eran sus empleados de confianza.

El 8 de julio de 2013, María Adelaida nunca llegó a la farmacia La Floresta, situada en la avenida 23 de enero, cruce con la avenida Guaicaipuro. Un gatillero contratado apagaría su vida ante el asombro de todos.

Su yerno, Jorge Luis Poleo Colmenares, un chico de 24 años, graduado en TSU en relaciones industriales, era de clase media y hacía poco vivía con la única hija de la doctora Azuaje.  Había dejado a sus padres, con quienes residía en una urbanización de la parte baja de la ciudad. Era una familia honrada y sin conflictos.

Aparentemente era un joven sin problemas, pero un día se le ocurrió que  podía obtener todas las comodidades que disfrutaba en ese momento junto a  su  mujer, por lo que comenzó a  imaginar cuál sería la manera de lograrlo. Sobre su esposa, aunque resultó muy sospechosa para los investigadores del caso, nunca se encontraron pruebas ni testimonios que la comprometieran en el crimen de su madre.

Dos personajes marcados por diferencias: ella honorable, honrada y con una hoja de vida intachable que la hizo acreedora de una imagen positiva ante la sociedad barinesa; él, un jovencito con conflictos emocionales, ansioso de convertirse en adinerado sin esfuerzo propio y capaz de cualquier monstruosidad para alcanzar sus innobles objetivos.

El Plan A está complicado

En el seno del hogar que compartían  la farmacéutica, su hija y su yerno aparentemente todo marchaba bien hasta que breves discusiones por dinero y el deseo de la pareja de ser independientes generaron conflictos entre ellos. La doctora Azuaje era firme en su posición de mantener a la familia unida y trabajando juntos. La tensión se apoderaba del ahora agrio hogar.

A Jorge Luis Poleo no le gustó lo exigido por su suegra. Pensó en el plan A para obtener  el dinero y las propiedades de su suegra, pero lucía remoto, pues había que esperar el testamento y el deceso de la mamá de su mujer. Le aburró esperar.

Pensó, entonces, en el funesto plan B: acabar con la vida de María Adelaida, un camino riesgoso y peligroso, pero expedito para obtener lo codiciado.

El macabro Plan B en marcha

Durante un mes, Poleo Colmenares fraguó la muerte de su suegra. Necesitaba un aliado que lo ayudara a buscar a las personas capaces de perpetrar el crimen. Acudió a su amigo de confianza  Fernando Daniel Solórzano (25) para que buscara a un sicario. El dinero estaba garantizado. Tenía que ser un plan bien ejecutado.

En cuestión de horas, Solórzano, quien se movía en el bajo mundo, conversó con Luis Carlos Rodríguez Peraza , alias “El Chipi”, un sujeto vinculado directamente al mundo delictivo de poca monta, para que cometiera el hecho. Le entregó una gruesa cantidad de dinero para ello.

No obstante, “El  chipi” evitó mancharse de sangre y contacta  Junior Javier Girón Arroyo, de apenas 18 años, para que se encargara de ejecutar el crimen. Este chico no tardó en dar el sí antes de recibir la cantidad de cuatro mil bolívares como adelanto.

Girón Arroyo, de clase baja y sin oficio definido, estaba ávido de dinero y aquel dinero junto le despertó el interés. Lejos estaba de imaginar que acababa de iniciar su camino a la cárcel.

¡ Un muchacho raro se acerca a mí!

La rutina y la confianza fueron dos acompañantes en la vida de María Adelaida  Azuaje. La mañana del 8 de julio de 2013, como todos los días, se levantó temprano, desayunó y se alistó para dirigirse a su farmacia. A las 8 y 15 de la mañana de ese día ascendió a su vehículo, un Hyundai Gets, color crema, placa AA6280V, en el estacionamiento del complejo habitacional de su propiedad, conformado por dos pequeños edificios, en uno de los cuales ella vivía con su hija y yerno.

Afuera, un tanto angustiado, Junior Javier Girón Arroyo, con una gorra que tapaba sus orejas, esperaba el momento idóneo y del que tanto se le dijo: espera que se abra el portón automático para que entres rápidamente y le disparas.

Varios vecinos, desde sus automóviles, vieron al jovencito, pero pensaron que se trataba de un chico que se ofrece para trabajos de aseo.

María Adelaida, antes de apretar el botón de su control para que el portón se abriera, recibió una llamada de su hermana que la esperaba en la farmacia, por lo que no tardó en responderla. Girón Arroyo pensó que nadie abriría el portón a la hora indicada. El plan parecía retardarse.

Hasta que llegó el momento. Mientras la farmacéutica conversaba por el celular decidió utilizar el control. Apretó el botón y el portón se abrió lentamente.

Los ojos de Girón se engrandecieron y, sin perder tiempo, se dirigió, con paso acelerado, a la entrada de la residencia. Metió su mano derecha al bolsillo de su chaqueta y sacó una pistola automática dispuesto a no fallar. Entró al estacionamiento.

El pánico asaltó en segundos a la profesional mientras sostenía el celular con su mano derecha y con la izquierda sostenía el volante de su auto. Su hermana, al oro lado del teléfono móvil, le preguntaba por qué se había callado.

¡ Un muchacho muy raro acaba de entrar y se acerca a mí..!, alcanzó a decir, presa de nervios,  la doctora Azuaje a su hermana, quien entraba en pánico antes de escuchar, por el celular, la detonación. Más nada se escuchó.

Los gritos desesperados de la hermana de la víctima no cesaban a través de su celular. No hubo respuesta. María Adelaida yacía sin vida sobre el volante de su automotor. Su matón, antes de huir, se apoderó de su teléfono móvil. Ese sería su inmenso error.00

En ocho días

El estacionamiento de Residencias doña Olga se convirtió en un hervidero ante el gentío que se acercó a la escena del crimen. Los primeros en arribar fueron sus vecinos. Luego, su hija y su yerno, quienes aparentaban estar compungidos por lo que acababa de suceder.

En la mente de los vecinos de la residencia lo primero que surgió fue que se trató del robo frustrado de su vehículo, pero estaban lejos de la realidad. Allí, en la escena del crimen, estaba el mentor de tan vil asesinato.

Detectives de homicidios de la Policía Científica, sub delegación Barinas, no tardaron en descartar el intento de robo de plano, pues los ladrones de vehículos no se arriesgarían tanto para apoderarse de un vehículo cuando tienen decenas de alternativas mucho más fáciles. Algo no estaba bien.

El comisario José Morales Chacón, para entonces jefe del Cicpc en la región Barinas, asumió el caso personalmente. Tenía la orden de sus jefes desde Caracas para que resolviera este asesinato, pero también lo tomó como personal. Los resultados fueron fructíferos.

En ocho días, el caso estaba resuelto y sus autores intelectual y material estaban plenamente identificados. Fue una labor bien  acertada, en la que  funcionarios de varías áreas jugaron un importante rol que dio excelentes resultados.

El celular de la farmacéutica

Las pesquisas de los detectives de homicidios del Cicpc- Barinas  no lucían  tan mal en sus inicios en torno al móvil.  Estaban claros que el homicidio fue producto de una encomienda. El asunto ahora se centraba sobre quién o quiénes estarían detrás del crimen.

En horas, los sabuesos descartaron que los autores hayan sido cobradores de vacuna, que era un dato que habían recibido, pues no era su modo de actuar. No encontraban indicios de que alguien quisiera hacerle daño a la profesional y comerciante, pues no tenía enemigos ni estaba implicada en problemas.

Cuando estaban concentrados en torno a varias hipótesis, los investigadores recibieron una buena noticia de parte de los expertos en telefonía y que ayudará a avanzar en el caso: el celular de la víctima, que nunca fue hallado en la escena del crimen, estaba siendo utilizado por alguien. ¡ Bingo!.

Morales, emocionado,  golpeó con su puño derecho su escritorio tras recibir la novedad. Se levantó de su silla en el acto y, desde ese instante, no descansó hasta esclarecer el sonado caso, del que tanto se hablaba en cada esquina de la ciudad.

En pocas horas, gracias a un efectivo trabajo de telefonía y rastreo, los funcionarios establecieron el lugar donde el dispositivo estaba encendido. Todo marchaba bien.

La comisión se trasladó a una de las veredas de la urbanización Juan Pablo II, donde, tras minuciosas labores de rastreo, avistaron a un chico delgado, moreno, diminuto y muy delgado, con vestimenta casual. En segundos, sus manos temblaron y enseguida se puso muy pálido, cuando los funcionarios lo interceptaron al momento en que comenzaba a desplazarse a prisa, como si supiera lo que le venía encima.

Al ser requerido por su documento de identidad, uno de los detectives precisó que se trataba de un joven de 18 años de edad, de nombre Junior Javier Girón Arroyo. Enseguida fue trasladado a la sede de la Policía Científica, sub delegación Barinas.

Durante el interrogatorio, aquel chico, con el corazón a todo reventar y sin dejar de temblar, no quiso soportar más la lluvia de preguntas y lanzó una bomba: él fue el que disparó a muerte contra María Adelaida y se apoderó del teléfono móvil de su víctima. Nunca se imaginó que eso sería clave para las experticias policiales.

Relató, paso a paso, el antes, el durante y el después del homicidio de la dueña de farmacia y delató al joven que lo contrató para perpetrar el crimen y el cual, según afirmó, le había cancelado cuatro mil bolívares como adelanto y otros trece tras el hecho. Es decir, recibió la pírrica suma de 17 mil bolívares.

Los detectives se miraron unos a otros con rostros de asombro y de burla, ya que se trataba de una cantidad muy baja para el hecho que perpetró.

Ese contratista era Luis Carlos Rodríguez Peraza, alias “El chipi”, un delincuente de poca monta, quien se supone sería el que cometiera el hecho, pero que prefirió  contratar, a su vez, al ahora detenido.

La comisión detectivesca no tardó en dar con el paradero de “El Chipi”, quien no opuso resistencia y decidió colaborar con los investigadores.

En minutos confesó que él había sido contactado por un amigo suyo para que cometiera el asesinato o, a última instancia,  buscara a alguien. El dinero estaba garantizado y recibió una gruesa cantidad de dinero.

Este sujeto era Fernando Daniel Solórzano, de 24 años, el cual  relató que un amigo cercano suyo quería acabar con la vida de su suegra por cuestiones de dinero.

Los cabos se fueron uniendo uno tras otro. Solórzano, un chico de clase media con experiencia en el mundo delictivo, era el tercer sujeto involucrado en el hecho. Fue aprehendido sin problemas en su residencia.

Confirmó la confesión de su compinche “El Chipi”, pero tenía que dar el nombre del autor intelectual. Y no lo dudó en soltar declaraciones explosivas. Acusó a Jorge Luis Poleo Colmenares, su amigo de hace años, de ser el mentor del macabro plan que tenía como punto final liquidar a la mamá de su mujer.

Los investigadores del caso, con el comisario Morales al frente, acababan de unir las piezas del engranaje. Sólo faltaba la joya de la corona y ya estaba plenamente identificado. Se habían anotado un éxito en cuestión de horas a partir del celular de la víctima en manos de su asesino .

Además de estas reveladoras confesiones, que en cierta manera resultaron increíbles para los expertos detectives,  se había reunido una serie de elementos que  comprometían muy seriamente a los cuatro sujetos implicados.

En el novenario ante la impresión de los presentes

Tras un día intenso y muy fructífero, que arrojó comprometedores testimonios y con un rosario de pruebas, sólo faltaba poner tras las rejas al autor intelectual de este abominable hecho de sangre: Jorge Luis Poleo Colmenares.

La noche de del 18 de julio de 2013, un ansioso comisario José Morales y su equipo anti homicidios se dirigieron a la residencia de la madre de la farmacéutica, donde se llevaba a cabo el novenario de su hija, donde Poleo y su mujer se encontraban en compañía  de parientes y numerosos  amigos de la familia.

No había que perder tiempo y era hora de aplicar la ley por encima de las circunstancias. Morales Chacón pidió las esposas mientras la comisión se acercaba al lugar.

De repente, el protocolo de la ceremonia se alteró con el arribo de los funcionarios. Poleo y su esposa lucían compungidos y recibían condolencias con abrazos y gestos.

El comisario Morales se colocó frente a frente de Poleo y, tras las palabras de rigor, le pidió que se volteara. Le puso las esposas y lo cargó por el antebrazo derecho.

Los asistentes quedaron atónitos. Se negaban a creer lo que estaban presenciando, en especial los familiares de María Adelaida. Se hablaban unos a otros con rostros de incrédulos. Tardaron en entender lo que estaba sucediendo ante sus ojos. El yerno de la doctora Azuaje Leal estaba implicado en su asesinato.

Aquel asombro se profundizó en horas cuando se enteraron por los medios de comunicación informaron que Poleo Colmenares era el autor intelectual del crimen. Aquella noticia corrió como pólvora por toda la región.

Las autoridades policiales resolvían así uno de los casos más sonados de la historia policial de la entidad barinesa, cuya víctima era una reconocida farmacéutica de 64 años muy respetada y apreciada por quienes la conocían hace años como por clientes que se dirigían con regularidad a su prestigiosa farmacia “La Floresta”.

La codicia se convirtió en el sentimiento que causó  una serie de  lamentables hechos que tuvieron como blanco a una farmacéutica que lo único que quería era vivir en paz junto a sus seres queridos.

Detrás del hecho

Una serie de rumores surgieron tras el esclarecimiento de este escandaloso caso. Los detectives sospecharon en todo momento de la hija de María Adelaida, la esposa de Poleo, pero en el marco de las investigaciones nunca se comprobó su participación y su marido siempre sostuvo que él actuó solo como autor intelectual.

Los familiares de la víctima nunca se mostraron conformes con ello, pero, al final, se resignaron con que se logró atrapar a los autores del vil hecho. La duda los acompañará por siempre.

El proceso judicial se prolongó demasiado por las insistencias de los abogados defensores de Poleo sobre su inocencia, además de una seguidilla de sucesos que tardaron la sentencia definitiva.

Poleo Colmenares debe estar en algún lugar en el extranjero, pues  en el mes de julio del 2018, a cinco años del crimen, logró fugarse en medio de una sospechosa e inusual salida de los calabozos de la Policía Municipal, donde estuvo recluido durante un tiempo. Varios funcionarios fueron procesados por esta huida. Las autoridades no saben de su paradero y está siendo solicitado.

Fernando Daniel Solórzano, Luis Carlos Rodríguez Peraza, alias “El Chipi”, y Junior Javier Girón Arroyo siguen presos purgando sus condenas. Sus mejores años han sido encierro y dolor.

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