*** Hoy, los arismendeños no piden limosnas, exigen reconocimiento, por ello, solicitan que el Estado voltee la mirada hacia este municipio fronterizo que, a pesar de estar sumergido en la desolación, sigue siendo el corazón latente de la producción pecuaria de Barinas.
*** Es hora de que el «desierto informativo» se rompa y que la inversión llegue a donde más se necesita: a la gente que se niega a dejar morir su tierra.
(Kathiuska Francis Marín).– Ser el municipio más extenso de Barinas (7.209 km2) no le ha servido de escudo contra el abandono. Arismendi, una tierra de llanuras infinitas y potencial agropecuario indomable, se ha convertido hoy en el epicentro de una crisis humanitaria silenciosa, pues mientras los discursos políticos van y vienen, los más de 23.000 habitantes de esta región al este del estado denuncian vivir en un «desierto informativo» y administrativo, donde el progreso es un concepto que se borró del mapa hace años.
Arismendi no sufre de una «pobreza natural», sino de una pobreza administrada. La precariedad es el resultado de una gestión que ve al municipio como una estadística electoral y no como un territorio vivo. La tristeza de sus habitantes nace de la sensación de ser «extranjeros en su propia tierra», gobernados por personas que no conocen el olor de su barro ni el rigor de su sol.
Educación bajo el rigor del sol
La precariedad se siente desde la infancia, pues, en la Escuela La Bolivera de la capital municipal, el proceso de aprendizaje es una lucha contra los elementos, debido a las fallas estructurales y la falta de climatización, los niños se ven obligados a recibir clases fuera de las aulas.
Al mediodía, cuando el sol llanero castiga con más fuerza, los pupitres se trasladan a los pasillos o bajo los árboles en un intento desesperado por huir de las sofocantes temperaturas internas. Estudiar en Arismendi no es un derecho garantizado, es un acto de resistencia.
Salud en ruinas: Ambulancias chocadas y CDI abandonados
El panorama sanitario es, quizás, el más alarmante, ya que el Centro de Diagnóstico Integral (CDI) y la Casa de reposo, instituciones que deberían ser pilares de bienestar, presentan hoy un aspecto de abandono total. La vegetación ha comenzado a devorar las estructuras («enmontados»), mientras que la única esperanza de traslado ante una emergencia, la ambulancia, permanece inoperativa y chocada, acumulando óxido como monumento a la desidia estatal.
«Aquí enfermarse es una sentencia. No hay cómo salir rápido hacia Barinas o Portuguesa, y los centros locales están en el suelo», comentan los vecinos con una mezcla de resignación y rabia.
Una geografía de aislamiento
A pesar de su riqueza natural, con morichales y una actividad fluvial envidiable, la vialidad interna de Arismendi parece detenida en el siglo XIX. Las calles de tierra definen el paisaje urbano; una realidad que se torna intransitable cuando llegan las lluvias, convirtiendo el polvo en un lodazal que bloquea el precario flujo comercial y humano.
El llamado de un pueblo invisible
Los habitantes de las parroquias Arismendi, Guadarrama, La Unión y San Antonio coinciden en un diagnóstico: son víctimas del olvido sistemático tanto del Gobierno Nacional como Regional. Han pasado gestiones de distintas banderas políticas y el resultado es el mismo: una comunidad que sólo es recordada en tiempos electorales pero ignorada en la ejecución de servicios públicos básicos.
Hoy, los arismendeños no piden limosnas, exigen reconocimiento, por ello, solicitan que el Estado voltee la mirada hacia este municipio fronterizo que, a pesar de estar sumergido en la desolación, sigue siendo el corazón latente de la producción pecuaria de Barinas.
Es hora de que el «desierto informativo» se rompa y que la inversión llegue a donde más se necesita: a la gente que se niega a dejar morir su tierra.