***»Necesitamos con urgencia políticas públicas locales en Barinas que descentralicen la atención psicológica, escuelas que enseñen educación tanto emocional como espiritual, y familias que aprendan a escuchar sin juzgar», sentenció la Licenciada Marisela Ramírez, reconocida psicopedagoga de la entidad.
(Por: Kathiuska Francis Marín).- Detrás de cada pupitre vacío, de cada mirada esquiva en las aulas de clase o en la intimidad de una consulta, se esconde una realidad que la sociedad barinesa no puede seguir ignorando. La juventud de nuestra región está librando batallas invisibles contra un entorno que, a menudo, parece asfixiar sus proyectos de vida.
Para abordar este complejo panorama desde la frontera donde se cruzan la ciencia, la educación y la espiritualidad, conversamos con la Licenciada Marisela Ramírez, reconocida psicopedagoga de la entidad, quien con valentía desglosa los factores que hoy fracturan la psique de nuestros jóvenes y propone vías urgentes de contención y sanación.
El diagnóstico del alma juvenil
— Licenciada, usted convive a diario con el termómetro emocional de las nuevas generaciones. ¿Qué es lo primero que detecta al recibir a un joven en estos tiempos?
— Cada mañana, al entrar al aula de clases o al recibir a un joven en consulta, mi labor como psicopedagoga no es simplemente evaluar cuánto saben a nivel académico, sino intentar descifrar qué cargan en el alma. En los últimos años, quienes trabajamos en el desarrollo cognitivo y emocional de la juventud venezolana nos enfrentamos a una realidad que estruja el corazón y desafía cualquier manual de intervención tradicional: nuestros muchachos están profundamente cansados, y algunos, lamentablemente, están eligiendo apagar su propia voz.
— Hablar del suicidio o de la muerte auto infligida sigue siendo un tabú arraigado en nuestras comunidades. ¿Cómo romper ese muro?
— Hablar de la muerte auto infligida en jóvenes de entre 16 y 28 años genera una incomodidad profunda en la sociedad. Como mujer de fe, entiendo perfectamente que la vida es el milagro más sagrado; pero como profesional de la salud mental y el aprendizaje, sé que no podemos tapar el sol con un dedo de dogmatismo religioso. Cuando un joven pierde por completo el sentido de su existencia, no basta con decirle «ten fe» de manera superficial; es urgente y vital entender el “andamiaje neuroem ocional” y social que se ha derrumbado a su alrededor.
La radiografía del dolor en cifras
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| TASAS DE REFERENCIA GLOBAL |
| (Por cada 100.000 habitantes) |
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| Promedio Mundial (OMS) | 8,8 decesos |
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| Promedio Nacional Venezuela (OVV) | 6,9 decesos |
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| Situación en el Estado Barinas | Fenómeno silencioso marcado por |
| | el aislamiento y la desatención |
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— Al revisar este mapa del dolor, ¿dónde se ubica Barinas y cuál es la particularidad de nuestra región llanera?
— Para dimensionar la gravedad de lo que enfrentamos, es necesario revisar los datos disponibles. A nivel global, la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima una tasa promedio de referencia que ronda los 8,8 suicidios por cada 100.000 habitantes, siendo una de las principales causas de muerte en jóvenes en todo el mundo. Si fijamos la mirada en nuestra tierra, los informes del Observatorio Venezolano de Violencia (OVV) han encendido las alarmas, estimando tasas nacionales que promedian los 6,9 decesos por cada 100.000 habitantes en sus análisis anuales más recientes, con picos históricos alarmantes en la región andina.
Sin embargo, cuando nos trasladamos específicamente al estado Barinas, la llanura venezolana nos muestra una vulnerabilidad particular. Si bien Barinas no encabeza numéricamente el ranking nacional, la entidad arrastra un fenómeno silencioso de desatención. En la juventud barinesa, las complejas transiciones de la vida rural a la urbana, la falta de infraestructuras de salud mental en los municipios foráneos y el aislamiento socioeconómico han provocado que las muertes autoinfligidas dejen de ser eventos aislados para convertirse en heridas comunitarias profundas.
Los cinco disparadores que fracturan la psique
— Desde la perspectiva psicopedagógica, el aprendizaje y la permanencia en el mundo requieren de un entorno predecible y seguro. Cuando ese entorno falla, ¿cuáles son los principales detonantes que activan las crisis en el rango de los 16 a los 28 años?
— Identificamos cinco factores críticos que están actuando como disparadores en el sistema nervioso y emocional de la juventud:
• Desesperanza aprendida y anulación del futuro: En psicopedagogía hablamos de la motivación intrínseca como el verdadero motor del aprendizaje. Para un joven en esta etapa, la meta evolutiva natural es planificar el mañana: graduarse, trabajar, independizarse. Cuando el entorno económico y social bloquea sistemáticamente estas metas, aparece la «desesperanza aprendida». El cerebro joven procesa que «no importa cuánto me esfuerce, nada va a cambiar», lo que anula por completo el instinto de proyección hacia el futuro y fomenta estados depresivos severos.
• El duelo migratorio y la orfandad funcional: Barinas ha sido testigo de un éxodo masivo. La migración no solo vacía las calles, vacía los hogares. Muchos jóvenes se han quedado atrás cuidando a abuelos o hermanos menores, o bien han quedado solos bajo la tutela de remesas que compran comida, pero no afecto. La ausencia de las figuras de apego primarias destruye la base de seguridad emocional del joven, dejándolo desprotegido ante las crisis propias de la edad.
• El vacío existencial y la falta de fe: Como mujer de fe, abordo este punto desde la neuropsicología del bienestar y la resiliencia. No me refiero a la asistencia obligatoria a un templo, sino a la pérdida de la trascendencia y el sentido. Cuando un joven experimenta una falta de fe en Dios o en una fuerza superior, se corta el anclaje espiritual que históricamente ha ayudado a la humanidad a soportar el sufrimiento. El vacío espiritual se traduce en una falta de propósito; el joven siente que su dolor es azaroso, inútil y que está completamente solo en el universo. La fe, vista desde la salud mental, aporta la estructura cognitiva de que «esto también pasará» y de que cada vida tiene un valor intrínseco.
• El colapso del tejido comunitario: El ser humano es un ser social. En Barinas, la progresiva pérdida de espacios culturales, deportivos, recreativos y universitarios de calidad ha reducido drásticamente las redes de apoyo de los jóvenes. A esto se suma el estigma que aún rodea a la salud mental: un joven con ideación suicida en nuestras comunidades teme ser juzgado como «loco» o «falto de Dios», lo que le impide verbalizar su tormento y buscar ayuda profesional a tiempo.
• El desgaste por el entorno político y la polarización: La juventud barinesa ha crecido en un contexto de permanente tensión política y social. La inestabilidad institucional y la percepción de un entorno hostil generan un estado de alerta y estrés crónico en el sistema nervioso. Vivir en un ecosistema donde el conflicto es la norma agota las reservas cognitivas y emocionales necesarias para afrontar los problemas cotidianos.
Un puente de regreso a la vida
— Ante este panorama, ¿cuál es el llamado a la acción que hace como profesional y como ciudadana?
— La fe sin acción es letra muerta, y la psicología sin empatía es mera estadística. No podemos rescatar a nuestra juventud únicamente con sermones, ni tampoco limitándonos a llenar recetas médicas que hoy en día resultan inaccesibles para la mayoría.
«Necesitamos con urgencia políticas públicas locales en Barinas que descentralicen la atención psicológica, escuelas que enseñen educación tanto emocional como espiritual, y familias que aprendan a escuchar sin juzgar.»
La fe nos da la certeza de que toda alma es recuperable; la psicopedagogía y la psicología nos brindan las herramientas técnicas para construir el puente de regreso a la vida. Escuchemos a nuestros jóvenes antes de que su silencio sea definitivo.