Luz en la oscuridad
Testimonio de Ysaira Villamizar, la docente
que sembró oración tras las rejas

*** Ysaira Villamizar es el vivo ejemplo de que las rejas pueden privar la libertad del cuerpo, pero jamás la del espíritu. Su historia no es solo la reseña de una detención arbitraria; es el testimonio de una mujer llanera que, armada únicamente con un rosario y una Biblia, transformó el miedo en paz y la oscuridad de un calabozo en un faro de oración. Su voz sigue resonando hoy en Barinas, recordándonos que el servicio al prójimo es el camino más alto de la caridad y que, aun en la prueba más dura, la fe siempre tiene la última palabra.

Por: Kathiuska Francis Marín.
Hay vidas que se forjan con el hilo de la vocación y el servicio, y hay almas que, ante la injusticia, simplemente no conocen el silencio. Ysaira Villamizar es una de ellas. Nacida en la llanura de Barinas, criada entre el aroma a tierra húmeda de Barinitas y profesionalizada en las alturas de Mérida, Ysaira regresó a su tierra para entregarse a la docencia, a su comunidad y a una profunda fe cristiana. Su caminar —siempre firme, a veces incómodo para los poderosos— la llevó a ganar concursos educativos que luego le arrebataron «por razones obvias», a dirigir el desarrollo social con un romanticismo político casi extinto, y a caminar los sectores con una silla bajo el brazo para rezar el rosario en comunidad.
Sin embargo, el 30 de agosto de 2025, su entrega al prójimo la condujo a una de las pruebas más oscuras de su vida. Tras acudir al municipio Sosa para llevar solidaridad a un pueblo inundado y bajo las aguas, Ysaira y cuatro compañeros —entre ellos el exalcalde José Luis Machín— fueron detenidos bajo acusaciones tan desmesuradas como falsas.
En esta entrevista íntima, Ysaira nos abre el corazón para relatar cómo el cautiverio, lejos de doblegarla, se convirtió en un templo de oración donde la dignidad y el rezo doblegaron la crueldad de las celdas.
«Yo trabajo para lo que mi Dios me necesita»
Kathiuska Francis: Ysaira, un placer tenerte aquí. Tu vida ha estado marcada por la educación, el posgrado, el doctorado, diplomados con universidades internacionales como la de Washington y la Simón Bolívar… pero, sobre todo, por un carácter inquebrantable frente a lo injusto. ¿De dónde nace ese impulso que, como dices, te ha traído más de una complicación?
Ysaira Villamizar: Toda mi vida he tenido en mi sangre como un llamado. Donde yo creo que hay una injusticia, no me puedo quedar quieta, no puedo. Eso me ha traído complicaciones, es verdad. Pero aquí en mi comunidad soy cristiana militante, activa de la doctrina social de la Iglesia, y animadora de una comunidad eclesial de base. Íbamos por todos lados, casi todas mujeres, a hacer el rosario. Mi esposo se burlaba y me decía: «Allá van las evangélicas con su sombrilla y las católicas con su silla», porque cargamos con una silla para todas partes para rezar. Además, soy de Cáritas Parroquial y subcoordinadora del Consejo Pastoral de la parroquia Divino Niño. Mi vocación de servicio está en cualquier espacio de lucha.
KF: Mucha gente te define como una política diferente, incluso te acusan de ver la política con «romanticismo». ¿Cómo compaginas la fe con la militancia en un entorno a veces tan hostil?
YV: Sí, me acusan de eso, de ver la política con mucho romanticismo. Sé que es así, pero me gusta. Si eso me impide otras cosas, no me importa, porque yo trabajo para lo que mi Dios me necesita. Como decían la Madre Teresa de Calcuta y el Papa Pablo VI, la política es la virtud más excelsa de la caridad después del sacerdocio. Se traduce en lo que la gente comúnmente dice: la política es para servir, no para ser servido. Esa fue mi conducta cuando estuve cuatro años sirviendo en la Dirección de Desarrollo Social en el gobierno de José Luis Machín. Me buscaron por mi perfil, sin yo militar en ningún partido en ese momento. Nunca hice promoción, nunca llamé a un periodista para proyectar lo que hacía. La gente me decía: «Lo que no se muestra, no existe», y probablemente sea así, pero estoy muy conforme con mi conciencia. Hoy, como vicepresidenta de formación de Primero Justicia, coordinó los principios del partido con la doctrina social de la Iglesia. ¡Y soy demasiado feliz haciéndolo!
La tarde en que el tiempo se detuvo en Ciudad de Nutrias
KF: Vámonos a ese día que marcó un antes y un después. El 30 de agosto de 2025. Venían de Ciudad de Nutrias, un pueblo golpeado por las inundaciones. Cuéntame esa experiencia, ¿cómo empezó a tornarse gris esa jornada?
YV: Fuimos cinco compañeros a Ciudad de Nutrias. Sentíamos una deuda pendiente con ese pueblo que había quedado literalmente bajo las aguas. Como Cáritas y a nivel comunitario habíamos recolectado alimentos y ropa, pero necesitábamos ir. Yo les hablé allá de la solidaridad, de la doctrina social de la Iglesia y del principio de subsidiariedad: cómo el pueblo se organizó para ayudarse y cómo el gobierno metió la maquinaria que el pueblo no podía meter. Yo estaba feliz. Al terminar, nos ofrecieron un hervido en un área que daba a la calle. De repente, un compañero nos dice: «¿Ustedes no se han dado cuenta de que ha pasado varias veces un carro oscuro sin placa?».
KF: En ese instante, ¿sentiste el peligro real, sabiendo cómo han cambiado las cosas en el país?
YV: Me preocupé un poquito. En los tiempos en que Machín era alcalde, siempre había un policía o un SEBIN sentado en el auditorio por protocolo, y Machín hasta los saludaba y les agradecía por «protegernos». Pero yo le dije a él en el carro: «José Luis, estos no son los mismos momentos». Recuerdo una vez en Guanapa que una camioneta nos seguía y tuvimos que dar volteretas raras para comprobarlo. Cuando salimos de Nutrias, la camioneta oscura estaba estacionada al fondo. Arrancamos y ellos arrancaron. Llamamos a quienes nos recibieron y nos recomendaron no salir del pueblo, buscar un sitio con gente… pero en ese momento, aquello era un pueblo fantasma. Quisimos pararnos en la iglesia, pero al final Machín decidió: «No, vámonos en nombre de Dios». Y ahí mismito, en la alcabala de salida, nos estaban esperando. Era como la una de la tarde. Se atravesaron en el medio y nos hicieron señas de que nos orilláramos.
El refugio del Rosario y el murmullo en la noche
KF: Te bajan del vehículo, te quitan el celular para incomunicarte y los meten a una oficina. ¿Qué pasa por la mente de una mujer de fe en ese primer interrogatorio donde les preguntan si «andaban conspirando»?
YV: Me preocupé mucho. Nos quitaron los celulares de inmediato para no darnos tiempo de nada. Nos llevaron adentro y nos dijeron que era algo «de rutina». Desde ese mismo instante, yo comencé a rezar. Nos preguntaban si andábamos conspirando, que si la invasión… nosotros respondimos con la verdad, cada uno por su lado coincidía porque no teníamos nada que ocultar. Pero las horas empezaron a pasar. Era sábado. A las 7:40 de la noche tocaba el rosario en mi comunidad; a mi esposo le correspondía iniciar con el salterio. Yo no pensaba en otra cosa sino en la hora del rosario. Decía: «A la hora del rosario, él va a saber que algo nos pasó».
KF: El traslado hacia Barinas se hizo de noche, y a ti te tocó viajar en una situación de especial vulnerabilidad, sola en una camioneta con dos funcionarios. ¿Cómo manejaste ese trayecto?
YV: Fue terrible. Viajamos en tres camionetas. A los hombres los dividieron de dos en dos (Miguel Jorge, Junior, Machín, Osorio) y a mí me dejaron sola en la última camioneta con dos funcionarios, un hombre y una mujer. Fue un rato de mucho temor, y yo no hacía sino rezar. Tenía un pensamiento fijo: cuando saliéramos a la autopista, si agarraban a la derecha, nos llevaban directo al helicóptero hacia Caracas. Ese fue mi gran susto. Cuando vi que cruzaron a la izquierda, hacia Barinas, sentí un alivio, pero no una certeza. Llegamos tardísimo, tal vez a las 10 o 11 de la noche, y otra vez a interrogatorios. A la medianoche nos preguntaron si teníamos hambre. Todos los hombres tenían hambre; yo tenía la epiglotis totalmente trancada. No me pasaba nada, no quería nada. Nos dijeron la típica muletilla: «Estamos esperando órdenes de arriba». Esa noche nos metieron a los cinco en una misma sala, con dos colchones en el piso.
KF: Cinco personas y dos colchones. Pasar de la libertad a compartir un espacio reducido bajo una presión mental enorme. ¿Cómo transformar esa primera noche de angustia?
YV: Pasé la noche entera rezando. Antes de que los muchachos se durmieran, los invité a rezar. Algunos no sabían responder el rosario, pero a medida que yo avanzaba, ellos iban respondiendo como podías. Al día siguiente todos rezamos el rosario. Y al otro día también, y al otro… Aprendieron.
KF: Después vino el traslado a los tribunales, un escenario aún más hostil, donde te topas de frente con la realidad carcelaria y con los delitos que les imputaban: terrorismo, traición a la patria, asociación para delinquir… ¿Cómo reaccionaste al escuchar estos cargos?
YV: Nos llevaron a una celda asquerosa de barrotes, con una letrina llena de animales y cucarachas. Cuando la secretaria leyó los cargos, yo me quería morir: terrorismo, asociación para delinquir, asociación con gobierno extranjero, traición a la patria y enriquecimiento ilícito. Cuando preguntó si estábamos conformes, le dije: «No, ¿cómo vamos a estar conformes con semejante calumnia?». Reclamé por qué no nos dejaban ver a nuestros familiares si teníamos derechos. Miguel Jorge también reclamó, porque el acta decía que veníamos de una «concentración pública» con panfletos, ¡en un pueblo fantasma! Al final, la jueza declinó la competencia a Caracas por el cargo de terrorismo.
«Ysaira, ¡te amo!»: El grito de una madre y el milagro de la oración
KF: Hay un momento en tu relato que estremece las fibras más sensibles, y es el eco de la familia en medio del aislamiento. ¿Qué pasó una de esas noches en el centro de reclusión de Barinas?
YV: (Se le quiebra la voz) Mi corazón saltaba todos los días solo de pensar en mi madre. Una de esas noches, en medio de la oscuridad, yo escuché un grito desde afuera. Era la voz de mi mamá. Ella gritó con todas sus fuerzas: «¡Ysaira, te amo!». Fue muy terrible… Mi mamá está muy enferma. Yo sentía que esta situación la iba a matar. De todos esos días, lo más impactante para mí fue ese grito de mi pobre madre, que no sé de dónde sacó las fuerzas para gritarme y lograr que yo la alcanzara a escuchar.
KF: La fe te mantuvo en pie. Te separaron de los hombres, te asignaron una habitación y a ellos los llevaron a un calabozo. Pediste una Biblia y te sumergiste en la oración profunda. Cuéntame sobre ese día en que hiciste las mil oraciones a San Miguel Arcángel.
YV: Sí, yo no hacía otra cosa que rezar. Hacía el Rosario de San Miguel Arcángel, la Coronilla de la Divina Misericordia, el Rosario de la Virgen. Un día me propuse hacer mil oraciones de San Miguel Arcángel; calculé que según mi ritmo me tomaría unas seis horas continuas. En las noches, con el silencio, yo escuchaba a lo lejos un murmullo constante. Los funcionarios siempre pasaban y me tocaban la puerta por respeto antes de entrar, así que yo prefería abrirles. Un día, con el presentimiento de lo que era, le pregunté a uno de los guardias: «¿Qué es ese murmullo que yo escucho todas las noches?». El funcionario me miró y me dijo: «Son ellos, los muchachos, que dicen que la profesora los mandó a rezar». (Sonríe con profunda emoción) Fui tan feliz en ese momento… Ellos se quedaron haciendo el rosario todas las noches en su calabozo. Me dio mucha gracia, pero una felicidad inmensa saber que la semilla de la oración se había quedado con ellos.
KF: Finalmente, tras días de engaños donde les decían que «todo estaba cuadrado» y retrasos porque supuestamente el juez se había enfermado o lo habían detenido por corrupción, llegó la noche de la audiencia telemática. ¿Cómo recuerdas ese desenlace?
YV: Fue una noche, como a las diez de la noche, que tocaron mi puerta. Tuve un mal presentimiento y le pregunté al jefe de los funcionarios: «¿Para bien o para mal?», y me dijo: «Para bien». Los muchachos ya me esperaban en la sala. En la audiencia telemática el defensor público leyó una defensa excelente, aunque uno sabía que era parte de un protocolo ya escrito que repiten de memoria. Pero yo me alegré al escucharlo, y recordando que nos habían prometido la libertad y que ya nos habían quitado uno de los delitos, mantuve la esperanza y la confianza puesta en Dios… porque yo sé que la cultura política en este país tiene que cambiar.
Epílogo del reportaje:
Ysaira Villamizar es el vivo ejemplo de que las rejas pueden privar la libertad del cuerpo, pero jamás la del espíritu. Su historia no es solo la reseña de una detención arbitraria; es el testimonio de una mujer llanera que, armada únicamente con un rosario y una Biblia, transformó el miedo en paz y la oscuridad de un calabozo en un faro de oración. Su voz sigue resonando hoy en Barinas, recordándonos que el servicio al prójimo es el camino más alto de la caridad y que, aun en la prueba más dura, la fe siempre tiene la última palabra.
Ysaira Villamizar regresó a su comunidad, a Cáritas, a sus rosarios de cuadra con la silla bajo el brazo, con la frente en alto y la conciencia intacta. Su relato no es solo la crónica de una detención arbitraria en la Barinas profunda; es la constatación de que hay convicciones que ninguna celda puede encerrar. Mientras existan mujeres que, ante la injusticia, no pueden quedarse quietas, y hombres que en la oscuridad del calabozo sigan rezando «porque la profesora los mandó a rezar», habrá una reserva moral incalculable en esta tierra llanera.

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