Por: Kathiuska Francis Marín
Existe un miedo colectivo que prefiere no nombrar la tragedia. Sin embargo, en la Venezuela actual, el silencio también se manifiesta y se está escuchando con más fuerza que el ruido. Hablar de salud mental y, específicamente, de la conducta suicida, sigue siendo un terreno minado de estigmas, prejuicios populares y mitos como que esto ocurre por «falta de Dios» o por «debilidad de carácter».
La Organización Mundial de la Salud (OMS) define el suicidio como un “acto deliberadamente iniciado y realizado por una persona en pleno conocimiento o expectativa de su desenlace fatal”. Pero este hecho no ocurre en el vacío; es la punta de un iceberg compuesto por una seguidilla de capas y raíces profundas que la sociedad suele ignorar.
Para desenterrar estas realidades y entender qué nos está pasando, conversamos con el psicólogo Rafael Rodríguez, especialista adscrito al Colegio de Psicólogos del estado Barinas (F.P.V. 19.655 / C.P.E.B. 136), quien nos ofrece una mirada analítica, cruda y necesaria sobre este fenómeno de salud pública.
Entendiendo el dolor: Más allá del desenlace fatal
— Psicólogo Rafael, para analizar este fenómeno social, ¿por qué es importante entender que el suicidio no es un evento aislado, sino un proceso?
— Para abordar esta realidad primero debemos precisar la terminología. El suicidio es el desenlace fatal, pero casi siempre está precedido por dos etapas previas: la ideación suicida —que es esa serie de pensamientos sobre quitarse la vida, con diversos grados de intensidad, fatiga existencial y la creencia de que no vale la pena vivir— y los intentos de suicidio, definidos como actos de violencia dirigidos hacia uno mismo con la intención de morir, sin que necesariamente el acto sea mortal.
Existe la falsa creencia de que las personas se suicidan porque quieren morir. La realidad es mucho más compleja: las personas que deciden suicidarse lo que quieren es dejar de sufrir. Ese sentimiento de dolor y angustia es intenso e invasivo. Por eso insistimos tanto en que «la depresión también se ve así, los problemas también tienen sonrisa». No siempre el dolor se muestra con llanto evidente.
— En nuestro país, el acceso a la información es limitado. ¿Qué nos dicen las cifras actuales sobre esta realidad en Venezuela?
— En Venezuela enfrentamos una severa crisis de desinformación, exacerbada por entes oficiales que omiten la publicación de estadísticas y análisis claves. Sin embargo, gracias al Informe Anual de Violencia Autoinfligida 2024, publicado en enero de 2025 por el Observatorio Venezolano de Violencia (OVV), sabemos que en ese año acontecieron unas 1.962 muertes por suicidio. Esto arroja una tasa de 6,9 decesos por cada 100 mil habitantes; aunque denota una disminución del 15,7% en relación a 2023, la cifra sigue siendo alarmante.
Las poblaciones más vulnerables: El peso del género y la infancia
Estadísticas Clave (Informe OVV):
┌─────────────────────────┬──────────────┐
│ Población Afectada │ Porcentaje │
├─────────────────────────┼──────────────┤
│ Hombres │ 80,6% │
│ Niños y Adolescentes │ 9,4% │
└─────────────────────────┴──────────────┘
— El informe revela que el 80,6% de los fallecidos fueron hombres. ¿Por qué el sexo masculino sigue siendo históricamente el más afectado?
— Lastimosamente, es una estadística que no sorprende debido a los patrones culturales. El hombre sufre de una alta represión de sus emociones, una fuerte carencia en su autocuidado, heridas de crianza y mitos sociales muy arraigados como “llorar es de mujeres”, “los hombres deben resolver sus problemas por sí mismos” o “eso es falta de fuerza de voluntad”. Todo esto los aísla y les impide buscar ayuda a tiempo.
— Por otro lado, preocupa profundamente que el 9,4% de las víctimas sean niños y adolescentes. ¿Qué está fallando en el entorno familiar?
— Nuestra población infanto-juvenil es de las más vulnerables. Están expuestos a una alta carga de redes sociales, entornos no seguros y dinámicas familiares fracturadas por la falta de afecto. Hoy vemos «abuelas que crían» y padres ausentes físicamente, ya sea producto de la migración o de extenuantes jornadas laborales. Se ha perdido el gusto y la práctica de compartir tiempo de calidad: comer en familia, hacer los quehaceres juntos, espacios que antes servían para la retroalimentación afectiva entre padres e hijos. Esto nos obliga a reflexionar: ¿las señales de alerta están pasando desapercibidas o es que no sabemos cómo actuar?
Las aulas como primera línea de defensa
— Ante esta realidad, ¿qué rol juegan las escuelas y liceos en la detección temprana?
— Los entornos educativos resultan ser los primeros escenarios de identificación de una crisis. Las señales de alerta se emiten en lenguaje verbal (“no quiero estar aquí”, “no sé para qué vengo”) y en lenguaje no verbal, como el aislamiento social, la pérdida de interés por lo que antes disfrutaban, cambios drásticos de actitud e inasistencia escolar.
Es fundamental que los profesionales de la educación se capaciten en Primeros Auxilios Psicológicos (PAP). Esta es la herramienta imprescindible para brindar contención ante un bloqueo o un desborde emocional.
¿Cómo aplicar los Primeros Auxilios Psicológicos (PAP)?
- Observación directa: Identificar al afectado y su estado.
- Escucha activa: Escuchar sin interrupciones, señalamientos ni juicios de valor.
- Identificación del problema: Indagar la necesidad real, ya que el motivo aparente a veces esconde un conjunto de factores psicosociales arraigados.
- Derivación oportuna: El gran último paso, que es canalizar el caso con el especialista.
Cualquier persona que se instruya puede brindar PAP con el único fin de prevenir. Hablar y compartir lo que sentimos siempre estará del lado de la prevención; ignorar y callar solo aumenta el riesgo.
Un sistema de salud pública en colapso
— Para finalizar, psicólogo, ¿a qué barreras estructurales se enfrenta un ciudadano en Barinas o en el resto del país que decide buscar ayuda profesional?
— Nos enfrentamos a la falta de especialistas en salud mental, costos poco accesibles en las consultas privadas y una altísima demanda en instituciones públicas que colapsan un sistema decadente, retrógrado y falto de inversión en políticas públicas.
Además, muchos profesionales no ejercen por la baja remuneración en comparación con el alto costo de la vida actual en el país, o terminan cumpliendo funciones en múltiples organismos a la vez, lo que genera un grave desgaste o burnout profesional. Por todo esto, resulta trascendental y urgente la unión de fuerzas desde distintas áreas profesionales. Necesitamos articular esfuerzos para garantizar, de verdad, el bienestar socioemocional y colectivo de nuestra población.
foto leyenda.