*** Entrevista clave: Prof. Alexander Serrano, Docente Evaluador de Niños, Niñas y Adolescentes (NNA).
*** Mientras las soluciones de fondo se sigan postergando, las escuelas de la Patria continuarán operando como estructuras de mera supervivencia en lugar de casas del saber. La factura final de esta crisis no se reflejará en un medidor de kilovatios; se pagará en el deterioro cognitivo, académico y humano de toda una generación que hoy sobrevive en un país que se niega a vivir a oscuras.
Por: Kathiuska Francis Marín.- En Venezuela, el reloj biológico de la infancia está condicionado por los interruptores de energía. No es la disciplina escolar la que despierta a los niños en la madrugada, sino la asfixia. Cuando la electricidad se corta en el mejor momento de la noche, los ventiladores se apagan, las habitaciones se transforman en hornos y la vigilia se vuelve una pesadilla.
Para profundizar en el impacto real de esta crisis humanitaria dentro de las aulas, conversamos con el profesor Alexander Serrano, docente evaluador de NNA, quien analiza con dolor y rigurosidad técnica cómo el colapso de los servicios públicos está provocando un «apagón pedagógico» irreversible.
La Entrevista: «Los niños se duermen sobre los pupitres»
Profesor Serrano, usted convive a diario con la comunidad escolar. ¿Cómo se traduce un corte de luz nocturno en el rendimiento de un estudiante pocas horas después?
«En la cama, nuestros niños dan vueltas, empapados en sudor, perdiendo las mejores horas de sueño profundo, indispensables para su crecimiento y desarrollo cognitivo. Horas después, estos mismos hijos deberán sentarse frente a un pizarrón a intentar comprender las diversas clases del día a día. Esta no es una situación aislada; es la continua crónica de la comunidad escolar en las diversas ciudades del país. Los racionamientos eléctricos que se extienden por cuatro horas o más, sin cronogramas planificados o confiables, están produciendo un silencioso pero devastador deterioro contra el derecho más sagrado de la generación de relevo: el derecho a una educación digna y a un desarrollo integral».
A veces se analiza la crisis eléctrica como un problema meramente técnico o de infraestructura. Desde su rol de evaluador, ¿cuál es el verdadero rostro de este problema?
«La crisis de los servicios públicos en Venezuela ha dejado de ser un asunto técnico o económico para convertirse en una crisis humanitaria y de flagrante violación a los derechos humanos con rostro de niños y jóvenes. El problema es el abandono de las políticas públicas que garanticen un óptimo servicio; esa es la causa de la más grave crisis de los hogares de nuestro pueblo, que no puede descansar, desmejorando su equilibrio emocional y psicológico».
Además, la falta de luz rara vez viene sola…
«Exacto. En un gran sector de las localidades de nuestra región, la falta de servicio eléctrico trae consigo la falla en el suministro de agua potable. Sin electricidad ni agua durante la madrugada o las primeras horas de la mañana, el día comienza en un caos generalizado. La logística elemental de una familia se desmorona. No hay cómo encender la cocina si es eléctrica; no hay agua para preparar el desayuno ni para garantizar la higiene personal mínima antes de salir. La sobrecarga psicológica de este entorno hostil se convierte en un clamor de auxilio que suplican las madres y docentes de esta tierra llanera, así como en toda Venezuela. Los niños y jóvenes asisten a las aulas con hambre, mal dormidos y con el peso emocional de un ambiente adverso».
¿Y qué pasa cuando finalmente logran llegar a la escuela? ¿El aula ofrece ese espacio de resguardo que debería ser?
«Una vez en las instituciones, el panorama no mejora. En escuelas con infraestructuras deterioradas, en penumbra y sin ventilación, el calor diurno se vuelve insoportable. Con temperaturas que superan los 35 grados centígrados dentro del aula, la capacidad de concentración se reduce, consumida por las inhumanas condiciones. El agotamiento físico vence a la voluntad de querer aprender e impide enseñar: los niños se duermen sobre los pupitres. La escuela, concebida históricamente como un espacio de resguardo y progreso, se transforma en un ámbito de resistencia y malestar».
El Diagnóstico Jurídico: La Ley Desmantelada
Como docente evaluador de NNA, el profesor Serrano recalca que esta situación no es solo una suma de calamidades cotidianas, sino una vulneración sistemática y estructural del marco legal venezolano e internacional, donde el Estado actúa como el principal ejecutor por omisión.
Al consultar la legislación nacional, la realidad actual contrasta drásticamente con los deberes establecidos en la Constitución (CRBV) y la Ley Orgánica para la Protección de Niños, Niñas y Adolescentes (LOPNNA):
Instrumento Legal Eje Vulnerado Diagnóstico Técnico del Evaluador
Art. 103 CRBV / Art. 53 LOPNNA Educación de calidad e igualdad Un estudiante que no duerme y padece calor extremo de 35°C no compite en igualdad de condiciones con quien tiene un entorno apto. Se rompe la equidad educativa.
Art. 30 LOPNNA Nivel de vida adecuado La ley exige explícitamente la garantía de «servicios públicos esenciales». La ausencia de luz y agua quiebra la columna vertebral de este derecho.
Art. 63 LOPNNA Descanso y esparcimiento El descanso nocturno es una necesidad del desarrollo neurológico y físico. Los cortes de madrugada rompen la armonía integral del sueño en la infancia.
Art. 7 LOPNNA Prioridad Absoluta Obliga a anteponer el interés superior del niño en los servicios básicos e inversión. Al cortar la luz masivamente en horarios escolares y de descanso infantil, este principio pasa a ser la última etapa de las decisiones gubernamentales.
Conclusión: Una factura que se paga en el futuro
El análisis final del profesor Alexander Serrano deja una advertencia severa para la sociedad venezolana. Los derechos humanos no son fragmentos aislados; son interdependientes.
«No se puede educar a un niño que no ha dormido, no se puede pedir rendimiento académico a quien no ha podido asearse o alimentarse adecuadamente, y no se puede construir el futuro de un país manteniendo sus aulas en un apagón pedagógico», concluye el docente.
Mientras las soluciones de fondo se sigan postergando, las escuelas de la Patria continuarán operando como estructuras de mera supervivencia en lugar de casas del saber. La factura final de esta crisis no se reflejará en un medidor de kilovatios; se pagará en el deterioro cognitivo, académico y humano de toda una generación que hoy sobrevive en un país que se niega a vivir a oscuras.
Ante este panorama desolador, el sistema de protección está obligado a activarse. La pregunta queda abierta sobre el escritorio de las instituciones: ¿Quién garantiza, hoy, los derechos de los niños y adolescentes en estos casos?