El fin de las cuotas
El peligro de la falsa oposición: El «alacranato» disfrazado de estrategia

(Por: Kathiuska Francis Marín).-

En el complejo ajedrez de la política venezolana, las caretas terminan por caerse. Hoy, sectores que durante años jugaron a la «coexistencia» y entregaron la dignidad opositora al participar en farsas electorales, pretenden lavarse la cara. Intentan presentarse como los salvadores que «preservaron espacios», cuando la realidad en regiones como Barinas demuestra todo lo contrario: esos supuestos espacios no fueron más que una transacción para entregarse, por debajo de la mesa, al gobierno inconstitucional de Nicolás Maduro.
Decir ahora que no se vendieron es un argumento peligroso. Estaban al descubierto y ya no podían seguir ocultando su juego; por eso, su supuesta «incorporación a la unidad» en los eventos del 28 de julio no fue convicción, sino la única salida que les quedó al verse acorralados por un pueblo que ya los había descubierto. Resulta inaceptable que partidos en Barinas como Un Nuevo Tiempo (UNT), COPEI Legítimo, AD Resistencia, el MPV, el MAS o Fuerza Vecinal pretendan dar lecciones de pureza. No se trata de una simple etiqueta injusta; el término «alacrán» encaja perfectamente en quienes utilizaron sus tarjetas y estructuras para convalidar los escenarios que el propio oficialismo diseñaba a su conveniencia.
Si bien es cierto que el mapa político muestra alcaldías obtenidas bajo esas siglas —o mediante plataformas creadas entre gallos y medianoche, como Fuerza Democrática Barinesa (FUDEBA), partido de Sergio Garrido, a la que migraron dirigentes de otros partidos bajo la excusa de acatar «la solicitud de un pueblo»—, la realidad dicta otra cosa. Casos como el de Henry Maldonado en el municipio Cruz Paredes demuestran que esos triunfos no se debieron a las cúpulas complacientes, sino al ímpetu de la gente de Barinas que votó a pesar de las trampas de esas organizaciones. No se puede aplaudir la ruta de la capitulación; esos espacios se han mantenido bajo el estricto filtro de ilegitimidad que decide a quién dejar ganar sólo para maquillar su absolutismo con una falsa fachada democrática.
La política no se trata de ocupar sillas vacías a cualquier precio, sino de mantener la dignidad institucional. Mientras estos sectores justificaban su participación diciendo que «daban la pelea», lo único que lograron fue legitimación internacional para el sistema. El resultado de jugar bajo las reglas de la autocracia está a la vista: el PSUV continuó controlando el poder, nombrando a su antojo al CNE, al Fiscal General y al Defensor del Pueblo, precisamente porque estas facciones asistieron a los procesos que convalidaron tales despropósitos.
Culpar a la legítima resistencia de haber «abandonado los espacios» es un ejercicio de cinismo. Los verdaderos responsables del fortalecimiento del gobierno son aquellos que aceptaron las condiciones de un sistema electoral viciado, sirviendo de comparsa y dejándole el camino libre al oficialismo para perpetuarse, a cambio de cuotas locales y prebendas regionales.
Anatomía de una entrega: Del soborno a la complicidad disfrazada
Para entender la gravedad del camaleonismo político, es necesario revisar cómo lo que comenzó como una compra descarada de voluntades terminó convirtiéndose en una conducta normalizada dentro del ecosistema de partidos. Lo que en principio fue un escándalo de corrupción puntual, hoy se ha transformado en una estrategia sofisticada de simulación democrática, donde los actores adaptan su discurso según sople el viento para garantizar su propia supervivencia.
Esta mutación del panorama político se puede comprender claramente al contrastar su génesis con las prácticas actuales. En su definición original, el fenómeno nació con aquellos diputados que entre 2019 y 2020 recibieron sobornos descarados para torpedear a la Asamblea Nacional legítima, mientras que hoy se ha transformado en una falsedad corporativa donde ciertos dirigentes, bajo el escudo y la excusa de «votar», operan abiertamente como brazos ejecutores para la normalización del gobierno. En cuanto a sus acciones, el proceso pasó de ejecutar el secuestro de tarjetas de partidos tradicionales vía TSJ y recibir financiamiento opaco del Estado, a una participación sistemática en elecciones controladas con el único fin de simular una falsa democracia, traicionando así el mandato de cambio real. Finalmente, el efecto de esta evolución es evidente: lo que comenzó como una estrategia burda de fragmentación real del voto para favorecer al oficialismo, ha devenido en un intento desesperado de estos mismos actores por lavar sus culpas, intentando montarse a última hora en el autobús de la verdadera unidad electoral simplemente para evitar su total desaparición política.
El peligro de la amnesia política
Es alarmante observar cómo personajes que se entregaron a Maduro y jugaron al colaboracionismo hoy pretenden darse baños de buena gente y reclamar autoridad moral. Pretenden decirle a un pueblo que «lucharon hasta el final», cuando la realidad es que solo buscaban satisfacer su propio ego y resguardar sus intereses económicos y políticos.
A diferencia de las cúpulas que transaron en Caracas y viajaron a las regiones a imponer la sumisión, el ciudadano de a pie, el maestro, el motorizado y el productor de Barinas saben perfectamente quién es quién. Mañana será muy difícil volver a confiar en políticos que cambian de bando según sople el viento, y que solo se unieron a la fuerza mayoritaria cuando entendieron que su negocio con el gobierno ya no era sostenible públicamente.
El fin de la política de cuotas
Como bien se ha advertido desde el liderazgo ético del país, la política de cuotas y de reparto de migajas se acabó. La gente en la calle no está resignada a votar por el «menos malo» ni a convalidar a quienes le entregaron sus municipios al oficialismo disfrazados de opositores. La supuesta dignidad de estos sectores no es más que inacción frente a la opresión y complicidad activa con el abusador.
Aquellos que jamás votaron por Chávez ni se arrodillaron ante Maduro tienen la total autoridad moral para desenmascarar este juego. Antes de que estos sectores pretendan congraciarse con el país, deben rendir cuentas de por qué, con su entreguismo y su validación de farsas, le regalaron años de permanencia al poder actual. La ruta no es cohabitar; la ruta es mantener la firmeza, denunciar a los traidores y no permitir que los alacranes sigan vistiendo piel de cordero.
Porque la posición del país real es tajante y no acepta medias tintas, tal como lo ha delineado firmemente María Corina Machado:
«Nosotros queremos gente honesta, honorable. Yo no quiero corruptos. De los corruptos no quiero ni su plata, ni su apoyo, ni sus votos. Gente honorable. Y la hay en todas las organizaciones. Si veo que aquí hay una persona infiltrada, lo lamento muchísimo. Aquí no va a estar. Porque yo tengo una responsabilidad contigo y con todos los nacionales. Y aquí hay lealtad a la causa. Y no me van a dar cuenta. Bueno, pero es que esa persona es la cuota. Aquí no hay cuotas. Esa política de cuotas se acabó».
Aquellos que jamás votaron por Chávez ni se arrodillaron ante Maduro tienen la total autoridad moral para desenmascarar este juego. Antes de que estos sectores pretendan congraciarse con el país, deben rendir cuentas de por qué, con su entreguismo y su validación de farsas, le regalaron años de permanencia al poder actual. La ruta no es cohabitar; la ruta es mantener la firmeza, denunciar a los traidores y no permitir que los alacranes sigan vistiendo piel de cordero.